El pequeño Mateo, de apenas 6 años, presentaba una palidez y una falta de energía que preocupaban a sus maestros. Su problema era la desnutrición crónica, un enemigo silencioso que no solo afecta el peso, sino el desarrollo del cerebro y la capacidad de aprendizaje a largo plazo. En su casa, los ingresos apenas alcanzaban para una comida completa al día, compuesta mayoritariamente por carbohidratos. Mateo se quedaba dormido en clase y su crecimiento físico estaba notablemente retrasado respecto a sus compañeros. Sin una intervención urgente, su futuro estaba comprometido antes de empezar.
La solución de la fundación fue inmediata y sostenida. Mateo entró en el programa de Seguridad Alimentaria, recibiendo diariamente un complemento nutricional diseñado específicamente para su edad y necesidades. Pero no nos detuvimos ahí: trabajamos con su madre en talleres de nutrición de bajo costo, enseñándole a aprovechar al máximo los recursos disponibles. En seis meses, los cambios fueron drásticos: Mateo recuperó su peso ideal, pero lo más importante fue que su capacidad cognitiva se activó; empezó a participar, a jugar y a destacar en sus estudios. Su historia refleja la misión central de nuestra fundación: asegurar que ningún niño pierda su potencial por algo tan básico y fundamental como la alimentación.
